miércoles, 17 de octubre de 2012

Capítulo 2

Norma Jimena esperaba, y a ella no le gustaba en absoluto que la hicieran esperar. De hecho, conocida era por su poca paciencia. Sus uñas color rojo pasión golpeaban repetidamente la mesa negra de metacrilato, en un vano intento de hacer la espera más llevadera.

Sin embargo, no estaba sola en la sala de reuniones. Rigoberto Federico fue el que habló, de espaldas a ella y en relajada postura, manos en los bolsillos y mirada perdida oteando la ciudad en plena ebullición.

- Aún no he podido averiguar cuál es la canción que estás tocando.

Norma Jimena, labios fruncidos -con impecable color carmín- y ojos de enfado, vio interrumpida su inverosímil distracción. Soltó una fuerte exhalación de aire: su molestia era palpable.

- ¿En serio? Se llama Sonata del enfado. Preludio: Impaciencia incontenida.

Su voz también acompañaba. Rigoberto no pudo hacer otra cosa que reír con una sonora carcajada. Volviéndose hacia ella y alejándose del ventanal, añadió:

- ¿Y quién la interpreta, El Jefe Impuntual feat El Banquero Tardón?

Otra carcajada. Jimena se puso en pie, sacudiendo la cabeza. ¿Cómo se lo podía tomar tan a broma? ¡Estaban hablando de una reunión de negocios! ¿Qué seriedad era aquella, cuando el jefe de la empresa llegaba tarde? ¿Y qué había de su inversor? Otro descerebrado impuntual. Vaya par de dos.

Se dirigía hacia la puerta cuando ésta se abrió. Jimena soltó una pequeña exclamación acompañada de un rápido erguir de cabeza, cogida por la sorpresa de encontrarse cara a cara con su jefe.

- ¡Hombre, mi querida Jimena!

A Juan Ildefonso le bastó una breve mirada para poder interpretar la expresión en la cara de su prima: enfado.

- ¿Ya era hora, no? -le riñó ésta en bajo, cara a cara.

- Vamos, vamos, mujer, ¡no será para tanto!

Ildefonso no le dio más importancia, acompañando su precaria disculpa con un gesto de desdén. Pasó por delante de su directora ejecutiva y fue a sentarse en su sitio presidencial en la mesa. Tras él venía Marcelo, su representante personal en temas bancarios.

- ¡Norma! -la saludó, adjuntando un beso en cada mejilla-; ya nos perdonarás, hacía algunos días que no nos veíamos y, claro...

- Que sí, que sí -apremió ella-; mientras tú estabas de crucero, otros hemos seguido aquí, currando. -Hizo una pausa- Venga, que hay trabajo por hacer.

Débora, la secretaria, fue la última en entrar, portando un par de carpetas con documentos que puso respectivamente delante de Ildefonso y Rigoberto. Norma ya se había ocupado por sí misma de traerse sus propios documentos. Refunfuñó por lo bajo y para ella sola; siempre pasaba igual. ¿Es que ella era la única que se preocupaba por el negocio?

Sonido de un golpe al chocar contra el suelo.

- ¡Uy, qué torpe!

Falsa modestia con un tono demasiado mimado como para ser casual. Una mirada hacia atrás, dirigida hacia los tres hombres, y una insinuante recogida del objeto caído. "Sí, hija, sí; tú saca bien el culo, porque lo que es cerebro... ¡no hay manera de exprimirlo!", pensó Jimena. Y así, tras una última sonrisilla juguetona, se cerró la puerta de la sala de reuniones.

En su interior, Norma Jimena -directora ejecutiva-, Rigoberto Federico -vicepresidente- y Juan Ildefonso -presidente-, las tres cabezas al mando de la empresa Divine reunidas con Marcelo, su puente y nexo con el banco. Sus ventas siempre habían ido viento en popa, y de hecho no había nada que temer.

¿...Nada?

No, nada en absoluto. Simplemente, quizás, tal vez, una pequeña preocupación sin importancia: la creciente avalancha de rumores que, como un virus gripal, empezaba a extenderse en su campo del negocio -la moda de diseño- anunciando la venida de una nueva y extraordinaria empresa en la competencia.

Pero por supuesto, no había nada de lo que preocuparse. Ellos seguían siendo líderes del negocio a escala mundial. Jimena trazó una media sonrisa de satisfacción al ver los niveles de ventas del último mes, recogidas en un preciso estudio estadístico.

¿De qué podía preocuparse ella?

Era una de las mujeres empresarias más importantes. En su trabajo era brillante, la número uno. Nadie le rechistaba. Jamás. Si quisiera, podría despedir a aquella secretaria de putiferio que tanto la incomodaba. Y en verdad, ¿qué le molestaba? Estaba felizmente casada con Matías, en un período superior al año de matrimonio. De hecho, pronto serían dos. ¿Con qué la sorprendería él esta vez? Al fin y al cabo, y aunque ella estuviera en un nivel superior al de su marido en la pirámide de la empresa, Matías también las traía fuertes: asesor financiero de la empresa. De la misma que ella, por supuesto. No obstante, al igual que Marcelo, Matías también era uno de los amigos de Juan Ildefonso, desde la infancia. Marcelo era más cercano, como aquel otro bancario, Aurelio; pero la relación entre su marido y su primo también era buena. ¿Y en cuanto a ella...? Hay quienes habían insinuado alguna vez que su alta posición era debido a su parentesco con el cabeza mayor, Juan Ildefonso, y heredero de la empresa familiar. Pero no. Ella, Norma Jimena, se había encargado de callar todas aquellas estúpidas bocas envenenadas de envidia, celos y ambición. Ella era Norma Jimena. Y nadie se atrevía a dirigirle la palabra de aquellas maneras. Ni siquiera Rigoberto... bueno, tal vez él sí, él y Juanito, pero nadie más. Y porque ellos le tomaban en broma la mayoría de las veces -hecho que, por supuesto, le causaba rabia y desesperación; pero que, al fin y al cabo, ya había aprendido a aceptar.

Así pues, podía decirse que Norma Jimena estaba en su más alta cumbre. Incluso era noticia en las revistas de moda por su buen gusto en la moda y su imponente porte. Era símbolo de admiración. Era un modelo a seguir.

Era perfecta.

Y nadie le haría sombra en su puesto de reina de los negocios.